Estaba en la universidad y tenía que inscribir una materia pendiente para sacar mi título. No me la habían podido dar de alta en el decanato por no sé qué historia, así que fui a la sala de cómputo y me senté en una Mac, abrí terminal, y me conecté al sistema que tenían antes (via linea de comandos). Alguien junto a mi parecía muy impresionado, pero yo le decía que eso era lo normal en mis tiempos.

Sin embargo, al final no podía inscribir la materia porque me hacía falta hacer un pago. Así que fui a la caja—una vitrina en un sótano oscuro, modelado en mi memoria del área de consultas del Hospital Ramón y Cajal en Madrid, a hacer el pago.

David E. aparecía detrás mío y se encargaba del pago, porque yo no tenía dinero. Mientras él hacía los trámites financieros, me distraía con un catálogo de billetes extranjeros. Eran preciosos, increíblemente barrocos, pero a la vez reticulados y de colores indescriptibles, como tornasoles holográficos. Quedé como hipnotizado ante esos papeles tan hermosos.