Estaba subiendo en una especie de teleférico muy grande, en realidad era un tranvía que colgaba de los cables, dentro de un parque de atracciones. El tranvía tuvo un accidente y el chofer se lastimó. Todos bajamos del tranvía, y el asistente me contó que ese chofer actuaba en un show humorístico que seguía después del viaje, y me pidió actuar en él. Yo le dije que sí, y me dio unas indicaciones muy sencillas sobre lo que debía de hacer, pero se me olvidaron casi inmediatamente cuando me puse nervioso al imaginarme lo mala de iba a ser mi actuación.

El show iba a ser en media hora, y conocí a dos chicas, una morena y una rubia, que platicaron conmigo y con otro chico. Nos pidieron darles un masaje con una especie de sávila que venía dentro de un recipiente orgánico, como una calabaza. Entusiasmados dijimos que sí, y la chica morena—que era la más guapa—se acercó a mi y luego se acostó boca arriba. La rubia se acostó boca abajo.

El otro chico se acercó a la morena con cara de lujuria, yo estaba por pasarme con la rubia, pero la morena me indicó que me quedara y despreció al otro chico. Luego se quitó toda la ropa y quedó desnuda. Por un momento me pasó por la cabeza mi responsabilidad con el show, pero lo olvidé cuando vi el cuerpo de la morena: tenía el abdomen plano y firme, una cintura pequeñita con unas caderas muy generosas, con todo el cuerpo firme. Me puse la sávila en las manos y sobé su abdomen. Me miró a los ojos y yo la miré a ella, me sonrió, pero yo no pude sostener su mirada. Miré su cuerpo y me pregunté si querría que le masajeara los senos y el sexo. Me causaba conflicto, porque si me pasaba me echaría como lo hizo con el otro chico. Pregunté si le gustaba la firmeza en el masaje, me dijo que sí, y presioné mis dedos contra sus músculos abdominales. Se notaba que hacía ejercicio. Luego desperté.